Elegí la ropa que iba a tirar con un criterio poco coherente.
Las ojotas porque tenían impregnado ese olor a pata que se incrementa con el calor y resuta que las uso siempre en épocas donde la media supera los veinte grados centígrados. La remera había sido un regalo de Lucía del año 2005 que tenía el cuello un poco desilachado y repetidas manchas de comida en la pechera. El jean lo compré en una oferta de carrefour, era de un color canchero, pero los bolsillos de atrás, con tapitas, era de lo más grasa y, como todos mis pantalones, estaba pisado en la botamanga, pisado y desilachado; y ese saquito negro que me vistió tanto tiempo que hasta lo pensé como parte de mi.
Elegir la ropa no fue un acto conciente, no fue una decisión meditada. No era ropa vieja que no usara, simplemente estaba ahí y la agarré para después de ensuciarla, tirarla.
Ahora sólo tengo algo menos que usar, pero eso no es un problema.
Es lo que hay.
Es lo que hay.
Es lo que elijo.
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