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sábado, 21 de mayo de 2011

decirle chau a la ropa


Elegí la ropa que iba a tirar con un criterio poco coherente.

Las ojotas porque tenían impregnado ese olor a pata que se incrementa con el calor y resuta que las uso siempre en épocas donde la media supera los veinte grados centígrados. La remera había sido un regalo de Lucía del año 2005 que tenía el cuello un poco desilachado y repetidas manchas de comida en la pechera. El jean lo compré en una oferta de carrefour, era de un color canchero, pero los bolsillos de atrás, con tapitas, era de lo más grasa y, como todos mis pantalones, estaba pisado en la botamanga, pisado y desilachado; y ese saquito negro que me vistió tanto tiempo que hasta lo pensé como parte de mi.

Elegir la ropa no fue un acto conciente, no fue una decisión meditada. No era ropa vieja que no usara, simplemente estaba ahí y la agarré para después de ensuciarla, tirarla.

Ahora sólo tengo algo menos que usar, pero eso no es un problema.

Es lo que hay.

Es lo que elijo.

martes, 17 de mayo de 2011

probabilidad de lluvias


Anto* me dijo, “te invité a ver el circo” y agregó, "no se si querés venir, yo ya te invité. Habia conseguido un dos por uno en entradas.
 
Un rato antes, mientras tomábamos mate en la cama, por el rabillo del ojo la ví renegar con ticketek, trataba de conseguir las dos entradas para el Cirque Éloize .

 La tarde anterior me había envíado un SMS pidiendome, explícitamente, que averigüe que era y como se veía ese circo apadrinado por el Cirque du soleil. Me dormí después de leer ese mensaje, al rato me desperté pero colgué, razones más que suficientes y justificativas para que, por no averiguar aquello que me habían solícitado, me hiciera merecedor de una invitación.

Así y todo, Anto* me invitó y como yo me encontraba en una situación económica ajustada, que podemos denominar, menos que cero, deficitaria o con un abultado saldo deudor. Salió todo de su bolsillo.

***

Esa noche, mientras hacíamos tiempo antes de entrar al Gran Rex, me invitó a comer a BK.

Durante un tiempo prudente y sobre todo mientras gozábamos del tiempo medido únicamente por el hedonismo que nos otorgaron nuestras respectivas indemnizaciones, conocimos y visitamos el barrio chino y aprovechamos el 2x1 en combo italiano de BK que venía de regalo con los boletos del tren que lleva a Belgrano C.

Acaso nuestras visitas a la casa de comidas rápidas era sólo para eso, para gastar la promo o, en contadas ocasiones, para remontar una resaca notable.

Sin embargo, la noche del circo entramos para comer algo “rápido”, lo cual es bastante obvio, y salir para el teatro. Pero no fue así, tardamos más en la cola que en el tragar la hamburguesa de pollo con papas fritas. Aparentemente, los empleados habían sido sobrepasados por la cantidad de gente que abruptamente se llegó hasta el local de comidas rápidas para deglutir eso que llaman hamburguesas y las dos supervisoras tuvieron que comenzar a trabajar un poco más fuerte. La que me llamó poderosamente la atención fue una de ellas que lucía una extensa cabellera castaña que no era más que un montón de pelo aplicado sobre el de ella.

***

¿Qué puedo decir?

No se mucho sobre el arte circense, pero si se que delante de los tres telones apareció un hombre, fibroso, chaparrito y bastante despeinado  que comenzó a hablar en un español atravesado por todas las lenguas anglosajonas.

Contó, a manera de introducción,  la historia que hilvanaría todo lo que iba a suceder sobre el escenario y en medio de eso dejó escapar que, quizás el atractivo más interestante no iba a estar. No iba a llover en el escenario. Pidió disculpas livianamente, pero no por eso no pocas trabas lingüísticas y acto seguido hizo un gesto. Explicó que "eso" iba a representar la lluvia, "eso" más unos retazos cuadrados de tela roja y otros de tela blanca que reverberaban bajo las luces.

Había que conformarse y a pesar de todo, parecía que no iba a estar tan mal. No como aquella vez que fui a ver al circo que había llegado a santa teresita.

***

Tenía seis o siete y ese verano había llegado el circo del canguro boxeador o algo así.
No recuerdo mucho más salvo que había animales, payasos, domadores de felinos y látigos y un canguro flaco que tiraba patadas y trompadas con unos guantes de box. Me gustó, me reí, pero lo del animal deportista me produjo un sinsabor que no pude racionalizar y explicar. Sólo se que cuando me volvieron a invitar a ese circo, al que le quedaban poco días en Santa Teresita, pude inventar alguna excusa me sirvió para no ir.

La emoción la curiosidad por ver a un animal atleta como en los dibujitos animados había desaparecido.

***

Esa noche con Anto* vimos piruetas, malabares, demostraciones de destreza física, confianza y todo lo que puede conseguir mucho entrenamiento: hacer parecer lo más difícil del mundo como lo más natural del mundo.

Así, bajo este precepto, estos elementos circenses, daban vueltas por el aire, saltaban sobre una delgada superficie oblonga que se pandeaba pero no se quebraba, se colgaban de telas, rotaban y se sacudían dentro de un aro, de a uno, de a dos, en fin, todo parecía natural, incluso, la lluvia (ese gesto y los retazos de tela que caían desde lo alto reberverando bajo el azote de la fulminante luz).

Después vino el receso y muchos corrieron a fumar un pucho, a estirar las patas, a tomarse una línea o simplemente a darle la mano a un amigo. Anto* y yo, cada uno en su asiento, dedicamos unos minutos de criticar a las chicas que estaban detrás, a una señora que refunfuñaba contra el acomodador y a una pareja que, con una sutileza bastante atroz, avanzaba ocupando asientos que no habían pagado. Sólo los detuvo alguien que si había pagado por sus lugares y que estos sujetos pretendían ocupar.

***

El intérvalo terminó y el show volvió a empezar.

El piano en vivo volvió a sonar y la historia plagada de recuerdos de infancia siguió su curso, una multitud de voces que confundían en un murmullo inintelingible pero decían, al únisono, que las cosas en el pasado eran mejores,  y el piano que había vuelto a sonar se aceleraba y el bullicio se transformaba en canción y los remates,  explotaban por donde no se lo esperaba, así fue que  el acróbata que salio disparado en sentido opuesto y quizás, sumado a eso, una desprolijidad adrede, fueron una honesta forma de borrar la solemnidad para volver a los hombres del circo, más hombres.

La segunda parte, quizás esto me pasó sólo a mi, pero me pareció más corta. Apenas reaccioné una mujer danzaba dentro de un aro que pendía y giraba sobre sí misma. Y de repente, al bajar al suelo, agua.

Sí, era una treta. La perorata de la falla técnica era una pura mentira. Sin embargo, todavía tenía la duda de si llovería. Quizás pensé, tratando de no ilusionarme, sólo estará el agual en el piso. Pero no, me volví a equivocar y, al ritmo de la música, entonando de a ratos esa canción que atravesó toda la obra y jugando como chicos con ese balón rojo que los remontaba a su pequeñez, todos terminaron en el suelo. Patinando sobre el agua, riendo, simulando pelear, jugar y por sobre todas las cosas, divertirse como decían que lo habían hecho.

sábado, 14 de mayo de 2011

cosa de negros

Sin repetir y sin soplar me dijo "cachivache,chinchlín, kilombo, mondongo, kafúa, grillo, tamango, mina, bambula..." y me explicó que todas esas palabras tenían un común origen africano.

Era notorio, pero él lo aclaró, desde chico, cada 25 de mayo, la maestra lo seleccionaba como el encargado de encender los faroles, de pasar la escoba o jugar a ser esclavo.

domingo, 24 de abril de 2011

Stud

Fueron seis días de golpear puertas. Fueron seis días de repetir como un loro el speech de presentación. Fueron seis días de hacer encuestas pre electorales y escuchar toda clase de respuestas que hubiera querido refutar. Fueron seis días de escuchar insultos y excusas ridículas de la gente para evitarme y fueron, sobre todo,  6 días de escuchar la ciudad en continuado, durante las muchas horas y en los distintos barrios, en los que con esa tablita marrón, con el gancho metálico en la parte superior, me la pasé caminando y tocando todos los timbres.


En medio de ese recorrido signado por el azar, llegué al hipódromo.



Me bastó caminar en derredor del Hipódromo de La Plata, para ver, durante todo el día, hombres y mujeres de todas las edades que tiraban del bozal y llevaban los caballos hacia los stud, a caminar un poco o hacia el hipódromo para varearlos. 
Puedo arriesgar, no sin temor a equivocarme, que hay, al menos,  un stud por manzana. Los más pequeños albergan algo más de treinta caballos, y cada peón, que trabaja con tres o cuatro animales y con los que se relaciona de manera individual, desempeña sus labores en una dudosa y poco clara relación laboral.

***

Volví al barrio hipódromo con todas las intenciones de obtener información para escribir un artículo para el diario. Sin embargo, entrar a los stud, hablar con los peones y tratar de convencerlos de conseguir algo de charla fue bastante difícil. Ninguno quería soltar alguna palabra sin la autorización del cuidador, aquel que se desempeña como el inmediato superior de la jerarquía de mando. 


Eran casi las cinco de la tarde y aunque todavía faltaba mucho para darme por vencido y la hora me apremiaba, seguí caminando tratando de hablar con algún peón. Así fue que dí con Hernando, que esperaba estaba sentado en la raíz de un árbol que salía por encima de la vereda la llegada de su patrón


Me acerqué y le propuse hacerle unas pocas preguntas.


Hernando comenzó a contar, con un dejo de parsimonia,  como eran sus días y me aclaró que no tenían domingos; para ellos, los peones cuidadores de caballos, todos los días eran iguales. Comenzaban alrededor de las 4 de mañana, sea invierno o verano,  para estar a las cinco en la puerta del stud esperando al patrón. 

Con cierta reticencia y con brevedad me miró a los ojos, tuvo, todo el tiempo,  la mirada fija en las rejas que cerraban el stud. Parecía que esperaba entrar sólo para que aquello que empezaba a contarme se volviera realidad. Hernando me contó que trabajó toda su vida con caballos, desde los once y, que siendo pequeño, veía a sus hermanos laburar. Acaso, en esa niñez, algo trazó su destino, porque cuando le tocó ganarse el salario se volcó a este oficio en el que ocupa su tiempo desde hace cuarenta y nueve años.

Lo primero que hace, apenas llega,  es colgar el caballo. Les pone un bozal, tiene varios animales a su cargo y los engancha al fondo del box, acto seguido levanta la cama para airearla. La cama, según vi en un stud donde entré pero ningún peón se atrevió a hablar, es una mezcla hedionda de aserrín y pasto. Para sacar la suciedad acumulada durante la noche se la revuelve con un rastrillo y se junta toda la bosta del caballo en un balde. Después, me dijo, "barro la entrada del box y arranco con la limpieza. Con una rasqueta de acero le saco la suciedad del cuerpo y sigo con unos cepillos para el cuerpo. Uso uno blando y para la crin y la cola  y uno más duro, para desenredar".

A medida que se fue sintiendo cómodo comenzó a mover un poco las manos para explicar con ademanes lo que eran sus tareas. Sus dedos tenían un color amarronado y estaban curtidos tanto por el paso de los años como por la repetida exposición al sol, al viento y al trabajo. La piel de su cara y su cuello se llenaba de pliegues cerca de los ojos y la nariz. Sus dientes, los pocos que tenía en su boca, estaban amarrillos, rotos y manchados por el tabaco. Entre sus pies, un paquete de cigarrillos de veinte yacía abollado, del bolsillo de su camisa sacó otro que comenzó a fumar en ese momento.

Con esos dedos añosos me explicó más de la limpieza del animal. "Una vez terminado el cuerpo se escarban los vasos y se engrasan con una mezcla de grasa animal y aceite quemado. Después lo llevamos hasta la cancha donde nos espera el jockey para varear al caballo. Uno le tiene que decir cual es el vareo que le corresponde ese día". 

Antes de volver, me siguió contando, metemos  los caballos en las duchas, para sacarles la transpiración del vareo, después les escurrimos el agua con una tabla.  "Primero tenés que fijarte que la table esté sana que no tenga clavos y para cuando llegás al Stud, el caballo ya está seco, y si tenés otro viaje, llevás otro a varear”.

Si hay un rasgo que carateriza a los caballos es su nobleza. 

Una tarde mientras, muchos años antes, daba vueltas por el Hipodrómo, y escuché y ví como cada peón acariciaba a estos animales antes de la carrera. Les tocaban el lomo, les preparaban la montura, les daban pequeños sorbos de agua con una botella y acariciaban su lomo con la delicadeza y el cariño de alguien que deja algo de su vida en cada tranco que ese animal da en la pista.

Cada peón tiene a su cargo entre tres y cuatro caballos, cada uno establece con el animal que cuida, un vínculo de confianza, en la que hombre y animal comparten el día a día y confían el uno con el otro, sin perder, eso sí,  la relación de autoridad. Hernando me contó que no hace falta ser violento con el equino para ganarse el respeto, "sólo hay que saber cuando darle un coscorrón para que sepa quien manda”.


"Una vez", me dijo, "me llegó un caballo muy bravo, y les escupí tres veces la trompa durante toda la primer semana. Después, le hice lo que quise al caballo". Siguió hablando sin que yo pregunte más, "cuando era pibe, tenía un caballo que le había puesto Torino; y para que te voy a mentir, por ese caballo lloré. Era un caballo mansito, cariñoso, yo me acostaba entre las manos y las patas y nunca nunca me mordió, nunca me tiró una patada. Fue un animal que yo ensené a mi gusto. Después, cuando se fue, lo extrañe durante un tiempo".

Me alejé hacia el diario, quedándome con ganas de seguir escuchando y Hernando con ganas de seguir hablando.

En el diario, por obra y decisión de la directora y dueña del diario, la propuesta de nota no fue suficiente y tuve que resolver la página con otro artículo. Sin embargo, hay cosas que no me gusta que queden sin decirse o perdidas en el aire de una charla entre dos. 





sábado, 9 de abril de 2011

receta

 
Siempre. Así de absoluto. 
Siempre, siempre detesté cocinar. Quizás, sin exagerar, en algún momento de mi vida aquello fue verdad o, en un sentido, lo siga siendo. 
Lo que cambió fue la perspectiva, y las cosas se clarificaron un tanto y se relativizaron otro tanto.

Ahora, cuando estoy solo no cocino, el máximo esfuerzo que puedo hacer es poner unos fideos en agua hirviendo con una pizca de sal y comerlos revueltos con manteca y queso.

Cocinar solo y sólo para mi me aburre. (lo absoluto de la afirmación anterior se debilita)

¿Cómo descubrí esto?

No fue una epifanía, no fue una revelación onírica, no la leí en la borra de café, ni salió de la boca de un psicoanalista ni de un cura (que para este caso son lo mismo).

Fue una cuestión factual.

***

Comenzamos, si no recuerdo mal, cortando verduritas para unos fideos de arroz. O quizás, sí recuerdo mal y fue preparando unas bruschettas de jamón crudo y queso, o tal vez, fue preparando unas pechugas de pollo a la mostaza. Pero, de esto estoy seguro, fue divagando entre un plato y otro, entre recetas robadas de internet, memorizadas después de una escucha obsesiva de El Gourmet o copiadas de un cuaderno de hojas ajadas.  Así fuimos cocinando cada vez más y llegamos a elaborar este plato, que creo yo, es digno de compartir.

***
La cocina de mi departamento tiene la dimensión de una caja de zapatos y provoca que dos personas intentando llegar al final de una receta hagan todo para estorbarse.

En mi cocina, dos, son multitud.

Sin embargo, eso no fue impedimento para que empecemos a preparar los champignones rellenos.

Anto* comenzó lavando dos plantas de espinaca y las puso a hervir entre ocho y diez minutos con poca sal. Cuando terminó de cocinarlas las cortó bien chiquito con cuchillo. Hubieramos preferido tener una minipimer o algo similar para triturar la verdura, pero ese implemento todavía no llegó a mi cocina.

Mientras ella se abocaba a esta tarea a mi me tocó lo más fácil: lavé uno por uno los honguitos bajo el agua de la canilla, les arranqué el cabito y con una cuchara fui vaciando el interior de cada uno.

El cabito cortado en juliana junto a las partecitas sacadas de cada honguito fueron mezcladas en una olla con cebolla de verdeo, ají morrón y , todos juntos, salteados en aceite de oliva.

La cocción del relleno (no fueron más de diez minutos), con un poquito de sal y queso parmesano rallado, quedó bajo la estricta vigilancia de Anto*. Yo, por esta impericia que tengo para las tareas manuales (destruí sólo unos pocos hongos), preparé una fuente de vidrio donde los honguitos esperaban ser rellenados.

Cuando el relleno estuvo listo, uno por uno fui llenando los champignones, lo que implicó la destucción de algún otro.

En la parte superior le pusimos un cuadradito de parmesano.

Después de 10 minutos de horno caliente estaba todo listo para comer.

Y estaba todo muy rico.

Ingrediente (para dos personas)

  • 10 champignones del tamaño suficiente donde puedan vivir al menos dos pitufos
  • 2 cebollas de verdeo (cebollines de verdeo, no)
  • 1 aji morrón
  • 2 plantas de espinaca
  • 200 gr. de queso parmesano
  • aceite de oliva
  • sal
  • pimienta

Nota

Es mejor no escarbar muy profundo el champignon porque puede romperse fácilmente por la humedad de las verduras. Lo digo por experiencia.

domingo, 20 de marzo de 2011

sleeper

Que la vuelta dependa de otra persona, quizás aquí se me pueda acusar de insoportable, me pone tenso, más aún, si eso implica que Anto* llegue tarde a su trabajo. Mi panza hace ruido y me cuesta disfrutar de las cosas. Sin embargo,  y a fuerza de voluntad, decidí relajar. El día anterior confirmamos la hora de vuelta, la hora precisa a la que íbamos a salir. Esa mañana, SMS mediante, coordinamos que a las 15 salíamos.


A sabiendas del tiempo que nos quedaba, hicimos playa, caminamos con el agua salada hasta las pantorrillas, compramos empanadas y una bolsa de Lays que comimos en la costanera bajo el rayo de un sol ameno que preludiaba un buen día. Una vez terminado el almuerzo, y sin ansias, recorrimos las dos cuadras que separan la playa de mi departamento. Subimos la empinada escalera verde, soportamos, aguantando la respiración, el pescado frito que cocinaba mi vecina y ordenamos unas pavadas dentro del depto: yo desenchufé la heladera y aseguré las ventanas y Anto* pasó apenas la escoba. Revisamos por última vez todos los cajones.

Faltaban quince minutos para las quince y un SMS nos hizo saber que la partida estaba demorada tres horas que fueron casi cuatro. Volvimos a meter las patitas en el mar, a caminar otro poco, a leer otro tanto  y a juntar paciencia, sabiendo que la ruta estaba repleta de autos y que el trayecto que debíamos de recorrer en algo más de tres horas, lo haríamos, con suerte, en el doble de tiempo.

***

Durante los primeros diez kilómetros creí estar equivocado; pensé que había exagerado y que la ruta no sería un infierno, un mar muerto de autos que apenas avanzaban y en el que las infracciones, las imprudencias y el riesgo de accidentes crecería exponencialmente. Creí estar equivocado; para transitar los siguientes dieciocho kilómetros demoramos más de dos horas.  El tiempo que faltaba para llegar a destino crecía de manera inversamente proporcional a medida que se reducía la distancia.


***

Una vez pasadas las dos horas las monotonía se volvió aceptable. Charlamos, sacamos fotos, tuiteamos y sobre todo renegamos por la gran cantidad de imprudentes que avanzaban sin más por la banquina de pasto o en contramano. A todo esto, el atardecer se volvía más y más rojo, en las curvas podía verse un hilo delgado de un rojo que no cesaba de reverberar y la luna, para no desentonar, parecía un ají picante que las cámaras digitales no pudieron apresar.


El plan era el siguiente: atravesar el enjambre de autos estoicamente hasta llegar al empalme con la ruta nacional número 2, a partir de ahí, evitar a la multitud y tomar por la ruta provincial 36. Una ruta poco transitada debido a su mal estado. Esto implicaba un riesgo adicional que fue minimizado por Nicolás, el chofer y dueño de su auto, por sus ganas de llegar.

Paramos diez minutos para ir al baño, cargar agua para el mate y seguir con la segunda mitad del viaje. Comimos unas empanadas y tomamos unos pocos mates. Llegamos a la rotonda y elegimos la ruta 36. Anto*, que viajaba en el asiento trasero, se durmió después de rechazar el último mate. Tuvo la fortuna de no despertarse hasta que entramos a La Plata por la avenida 66.

Nunca imaginé, que los últimos cien kilómetros me iban a parecer eternos.

***

Entrar en la ruta 36, a esa hora de la noche, fue como meterse de lleno en la vacuidad. El cielo estaba completamente negro, las estrellas brillaban menos y el escaso tránsito volvió todo un escenario inmutable, parecía que no avanzábamos.

Cómo todo el viaje, aquello que a priori parecía tomar una forma, se volvía como su opuesto. Los primeros quince o veinte kilómetros los atravesamos a más de 130 km/h lo que me dio la esperanza, y la ilusión, de recuperar algo del tiempo perdido en el embotellamiento. Sin embargo y sin aviso, Nicolás bajó la velocidad a 80 km/h.; después, en la curva siguiente, dobló demasiado cerca de la doble línea amarilla y de ómnibus que venía de frente. Lo miré fijo y había agarrado el volante marcando las dos menos diez y volteaba su cabeza lentamente hacia adelante. Le hablé de algo que no recuerdo y me respondió que le ardían los ojos por las luces de los autos que venían por la mano contraria. Me ofrecí a tomar el volante, pero Nicolás tiene la "política" de no prestar su auto, incluso si eso implica una alta probabilidad de riesgos.



La segunda vez que lo desperté, tomé la parte más baja de la circunferencia del volante y saqué el auto del medio de la ruta y lo nombré en voz alta "Nicolás, dejame manejar".  Respondió nuevamente que no, que estaba bien, sólo le dolía un poco el cuello, que le pesaban los ojos y que tenía menos reflejos que los habituales, pero que podía seguir manejando. Podía haber comenzado a gritar, a sacudirlo, incluso pegarle, pero quería llegar y quizás, como un iluso, tuve la esperanza de que no se volviera a dormir o que me dejara manejar en algún momento. Esperaba que quizás, después de haber criticado durante todo el viaje a las automovilistas irresponsables, él reflexionara y me pasara el volante. Esperé en vano, tuve que despertarlo dos veces más y escuchar su negación y la declaración de capacidades vigentes: la pesadez de los ojos, la disminución de los reflejos y la tozudez de su decisión de permanecer conduciendo.

***

Fue el tramo más largo que me tocó circular y también el último que voy a hacer como acompañante de Nicolás. Apenas bajamos del auto y después que Anto* se alejara me pidió disculpas por sus "cabezazos", a lo que yo asentí levemente. Al mediodía siguiente, un mensaje de texto repitió la disculpa a lo que yo respondí "Todo bbien, no hay prroblem". Ayer al mediodía, Rafa, me contó que había cenado con Nicolás y aseguró que sus "cabezazos" habían sido dos y reforzó su "política". Bajo ningún punto de vista presta su auto.

martes, 15 de febrero de 2011

conejo de metal



Resulta que sí, que me gusta comer; pero no comer hasta reventar, sino comer, probar y llenarme. No me interesa degustar, como sí fuera una tarea exclusiva de paladares selectos. Me gustar comer, sí, COMER. Sin embargo, no me gusta comer hasta explotar. Si tengo que elegir, entre un plato modesto, pero muy gustoso o quizás desconocido, lo prefiero antes que enterrar en mi panza una milanesa napolitana con papas fritas y cocacola, sufrirlas toda la sobremesa y verme obligado a dormir una farragosa y pesada siesta.

***

Lo que está arriba de los puntos suspensivos no es más que la justificación de porqué fuimos al Barrio Chino.

Fuimos a comer.

Llegamos, como siempre, dos horas más tarde de lo programado. Sabíamos que en un momento del día la fiesta iba a estallar y apenas se iba a poder caminar por las calles. Sin embargo, eso no nos importó. Programamos una cosa, hicimos otra.

***

Bajamos del plaza, caminamos apurados al tren y esperamos unos minutos al borde del andén, sobre las rayas amarillas, y otros tantos sentados. A medida que llegaba la hora de partida, más y más personas comenzaron a entrar, aunque estuvo lleno, no llegó a estar atiborrado de gente.

Antes de la primera estación, una señora me pidió el asiento. Distraído y en mi nebulosa, me levanté y no noté que la mujer cargaba sólo a su hijo. Anto me dijo, cuando bajamos en Belgrano, que en otro asiento viajaba su marido, el bolso y el carrito.

***

Paramos en un stand de la calle Arribeños. Un cartel escrito sobre una cartulina naranja decía, comida taiwanesa. Compramos una empanadita que parecía un bollito de pan rellena con cebolla de verdeo, carne, repollo y algo más que no pude identificar; por un agujerito le inyectaron salsa agridulce ; y una brochette con algas dulces, una masa cuadrada que no identiqué, pero me empalagó y morrón. Dejamos parte del alga enhebrada en el palito en un tacho de basura y seguimos hacia el próximo puesto. Y después de ese seguimos hacia el siguiente. Sin exagerar degustamos, tempura, spring rolls de carne y verduras, camarones fritos, fideos de batata con té rojo y jugo de maracuyá.

Todo, como dice el dicho, lo comimos sin prisa, pero sin pausa; a medida que girábamos en torno a los stands de la calle Mendoza.

Terminamos el té rojo mientras caminabamos hacia el cruce de Mendoza y Arribeños. Un ratito antes, habíamos probado los fideos de batata sentados sobre el cordón, mientras la turba de gente que circulaba tropezaba, en su totalidad, con un defecto en el asfalto. Mi único temor era que cayeran sobre mi plato, el que resguardé inútilmente, porque nadie cayó y porque no hubiera evitado nada, con mi antebrazo.

***

En el cruce de las dos calles más importantes del Barrio Chino había un gazebo blanco y tres promotoras. En la carpita blanca, perteneciente a Falun Dafa, denunciaban el genocidio chino y la persecusión política. Dos militantes del movimiento, meditaban en el suelo, inconmovibles y sumergidas en su paraíso espitual. Por otra parte, las promotoras de TCV asia entregaban un mini magazine con avisos del medio. Una de ellas, una morocha un escaso metro cincuenta, que vestia Jeans y una remerita clara; la otra segunda generación de orientales en Argentina, también vestía un discreto pantalón oscuro y una remera holgada. La última, una rubia que usaba las raíces oscuras, calzaba, como un cliché de conejita playboy, un mini short, una musculosa blanca apretada, chalequito negro, moño diminuto y excesivo maquillaje. Para rematar, una tanga de cadenita.
***

Pasada las dos de la tarde despertaron al dragón y todos se amontonaron cerca del escenario. Sacar una foto: imposible. Con suerte y arriba del cordón llego al metro setenta por lo que, para sacar una foto, tuve que estirarme demasiado. Así y todo fue inútil, sólo pude retratar todas las manos que trataban de hacer lo mismo que yo. Ni más ni menos que la falacia de la composición.

El dragón se despertó cuando le pintaron las pupilas y después de una batería de petardos. Después de eso salió a recorrer el barrio entrando en cada uno de los locales. La gente, entre curiosa y creyente, lo siguió. Trataban de tocarle el cuerpo y la cola.

Nos fuimos exactamente en sentido contrario al dragón. Había algo menos de gente y volvimos a parar para comer: camarones fritos y tempura.

El hambre, ya había menguado, pero como Analía, a quien encontramos entre la gente quería probar el sushi, fuimos a Casa China, a buscar pescado crudo. Camino al super, nos encontramos conque el dragón ya estaba completando la vuelta y la turba de gente, en pocos segundos estuvo sobre nosotros. Tratamos de no huir, sacar alguna foto y tocar al dragón. Frente a mis ojos, una señora, perdió completamente la cabeza.

***

A la señora se le complicaba hacerse la idea. Los chicos que llevaban al dragón le repetían que no se cuelgue del dragón, pero insistía y desoía las sugerencias de los muchachos. Estos, sutillmente y sin dejar de agitar desde abajo los palos que sostenían al dragón, le corrían la mano cada vez que quería agarrarlo. Cuando pasó la cola, pegó el tirón más fuerte. Por suerte, la cola resistió los embates de la señora testaruda, quien, una vez terminada su labor, sacudió levemente el torso como una adolescente emocionada y con la mano izquierda acomodó su corta y grisácea cabellera.

***

Después de comer sushi sentados en otro cordón, después de ver al peluche gigante de Kung Fu Panda monigotear sobre el escenario, decidimos que era tiempo de volver. Todavía restaba medio de día de festejo de la primavera , quedaban ver el tango fusión, las demostraciones de artes marciales, las prácticas de chino en multitudes, en fin, quedaba programa para rato. Pero, por mi parte, cuando estuve cerca del dragón, antes de entrar al supermercado, intimé lo suficiente con la multitud como para querer seguir sintiéndola tan cerca.

Antes de subir al tren vacío que volvía hacia retiro, vimos, en el andén de enfrente, un nuevo malón que llegaba al Barrio Chino. Ese vagón, vacío y con aire acondicionado, , fue, para los tres, un paréntesis entre vaho, el calor y amontonamiento del Barrio Chino y la bulla y el desorden de la terminal de Retiro.