Resulta que sí, que me gusta comer; pero no comer hasta reventar, sino comer, probar y llenarme. No me interesa degustar, como sí fuera una tarea exclusiva de paladares selectos. Me gustar comer, sí, COMER. Sin embargo, no me gusta comer hasta explotar. Si tengo que elegir, entre un plato modesto, pero muy gustoso o quizás desconocido, lo prefiero antes que enterrar en mi panza una milanesa napolitana con papas fritas y cocacola, sufrirlas toda la sobremesa y verme obligado a dormir una farragosa y pesada siesta.
***
Lo que está arriba de los puntos suspensivos no es más que la justificación de porqué fuimos al Barrio Chino.
Fuimos a comer.
Llegamos, como siempre, dos horas más tarde de lo programado. Sabíamos que en un momento del día la fiesta iba a estallar y apenas se iba a poder caminar por las calles. Sin embargo, eso no nos importó. Programamos una cosa, hicimos otra.
***
Bajamos del plaza, caminamos apurados al tren y esperamos unos minutos al borde del andén, sobre las rayas amarillas, y otros tantos sentados. A medida que llegaba la hora de partida, más y más personas comenzaron a entrar, aunque estuvo lleno, no llegó a estar atiborrado de gente.
Antes de la primera estación, una señora me pidió el asiento. Distraído y en mi nebulosa, me levanté y no noté que la mujer cargaba sólo a su hijo. Anto me dijo, cuando bajamos en Belgrano, que en otro asiento viajaba su marido, el bolso y el carrito.
***
Paramos en un stand de la calle Arribeños. Un cartel escrito sobre una cartulina naranja decía, comida taiwanesa. Compramos una empanadita que parecía un bollito de pan rellena con cebolla de verdeo, carne, repollo y algo más que no pude identificar; por un agujerito le inyectaron salsa agridulce ; y una brochette con algas dulces, una masa cuadrada que no identiqué, pero me empalagó y morrón. Dejamos parte del alga enhebrada en el palito en un tacho de basura y seguimos hacia el próximo puesto. Y después de ese seguimos hacia el siguiente. Sin exagerar degustamos, tempura, spring rolls de carne y verduras, camarones fritos, fideos de batata con té rojo y jugo de maracuyá.
Todo, como dice el dicho, lo comimos sin prisa, pero sin pausa; a medida que girábamos en torno a los stands de la calle Mendoza.
Terminamos el té rojo mientras caminabamos hacia el cruce de Mendoza y Arribeños. Un ratito antes, habíamos probado los fideos de batata sentados sobre el cordón, mientras la turba de gente que circulaba tropezaba, en su totalidad, con un defecto en el asfalto. Mi único temor era que cayeran sobre mi plato, el que resguardé inútilmente, porque nadie cayó y porque no hubiera evitado nada, con mi antebrazo.
***
En el cruce de las dos calles más importantes del Barrio Chino había un gazebo blanco y tres promotoras. En la carpita blanca, perteneciente a Falun Dafa, denunciaban el genocidio chino y la persecusión política. Dos militantes del movimiento, meditaban en el suelo, inconmovibles y sumergidas en su paraíso espitual. Por otra parte, las promotoras de TCV asia entregaban un mini magazine con avisos del medio. Una de ellas, una morocha un escaso metro cincuenta, que vestia Jeans y una remerita clara; la otra segunda generación de orientales en Argentina, también vestía un discreto pantalón oscuro y una remera holgada. La última, una rubia que usaba las raíces oscuras, calzaba, como un cliché de conejita playboy, un mini short, una musculosa blanca apretada, chalequito negro, moño diminuto y excesivo maquillaje. Para rematar, una tanga de cadenita.
***
Pasada las dos de la tarde despertaron al dragón y todos se amontonaron cerca del escenario. Sacar una foto: imposible. Con suerte y arriba del cordón llego al metro setenta por lo que, para sacar una foto, tuve que estirarme demasiado. Así y todo fue inútil, sólo pude retratar todas las manos que trataban de hacer lo mismo que yo. Ni más ni menos que la falacia de la composición.
El dragón se despertó cuando le pintaron las pupilas y después de una batería de petardos. Después de eso salió a recorrer el barrio entrando en cada uno de los locales. La gente, entre curiosa y creyente, lo siguió. Trataban de tocarle el cuerpo y la cola.
Nos fuimos exactamente en sentido contrario al dragón. Había algo menos de gente y volvimos a parar para comer: camarones fritos y tempura.
El hambre, ya había menguado, pero como Analía, a quien encontramos entre la gente quería probar el sushi, fuimos a Casa China, a buscar pescado crudo. Camino al super, nos encontramos conque el dragón ya estaba completando la vuelta y la turba de gente, en pocos segundos estuvo sobre nosotros. Tratamos de no huir, sacar alguna foto y tocar al dragón. Frente a mis ojos, una señora, perdió completamente la cabeza.
***
A la señora se le complicaba hacerse la idea. Los chicos que llevaban al dragón le repetían que no se cuelgue del dragón, pero insistía y desoía las sugerencias de los muchachos. Estos, sutillmente y sin dejar de agitar desde abajo los palos que sostenían al dragón, le corrían la mano cada vez que quería agarrarlo. Cuando pasó la cola, pegó el tirón más fuerte. Por suerte, la cola resistió los embates de la señora testaruda, quien, una vez terminada su labor, sacudió levemente el torso como una adolescente emocionada y con la mano izquierda acomodó su corta y grisácea cabellera.
***
Después de comer sushi sentados en otro cordón, después de ver al peluche gigante de Kung Fu Panda monigotear sobre el escenario, decidimos que era tiempo de volver. Todavía restaba medio de día de
festejo de la primavera , quedaban ver el tango fusión, las demostraciones de artes marciales, las prácticas de chino en multitudes, en fin, quedaba programa para rato. Pero, por mi parte, cuando estuve cerca del dragón, antes de entrar al supermercado, intimé lo suficiente con la multitud como para querer seguir sintiéndola tan cerca.
Antes de subir al tren vacío que volvía hacia retiro, vimos, en el andén de enfrente, un nuevo malón que llegaba al Barrio Chino. Ese vagón, vacío y con aire acondicionado, , fue, para los tres, un paréntesis entre vaho, el calor y amontonamiento del Barrio Chino y la bulla y el desorden de la terminal de Retiro.